
Pero nada ocurrió. La puerta golpeó el lateral del furgón y rebotó un momento. La quietud que los rodeaba, el silencio de la carretera desierta, amplificó el ruido del metal contra el metal. Del y Benny escrutaron la oscuridad, aguzando la vista para ver el banco esquinado en el que el preso solía sentarse, sujeto por gruesas correas que salían de la pared y el techo.
– ¿Qué demonios…? -Del veía las correas de cuero cortadas, colgando de la pared del furgón.
– ¿Qué coño pasa aquí? -farfulló Benny acercándose lentamente al furgón abierto.
De pronto, una figura alta y oscura se arrojó sobre Benny y lo derribó. La pistola cayó al suelo. Albert Stucky le clavó los dientes en la oreja como un perro rabioso. El grito de Benny descompuso a Del. Quedó paralizado. Sus miembros se negaban a reaccionar. El corazón lo golpeaba contra el pecho. No podía respirar. No podía pensar. Cuando al fin sacó el revólver, el preso ya se había levantado. Saltó hacia él y, dándole un topetazo, le clavó algo afilado, suave y duro en el estómago.
Del sintió que el dolor estallaba de pronto, difundiéndose por su cuerpo. Tenía las manos flojas, y la pistola resbaló de sus dedos como agua. Se obligó a mirar los ojos de Albert Stucky y al instante vio al mal mirándolo fijamente, negro y frío, una entidad en sí mismo. Sintió el aliento caliente del demonio en su rostro. Al bajar la mirada, vio la larga mano que aún sujetaba el cuchillo. Alzó los ojos a tiempo para ver la sonrisa de Stucky al hundirle más profundamente la hoja.
Cayó de rodillas lentamente. Tenía la vista emborronada, pero vio que la alargada figura de aquel desconocido se descomponía en fragmentos.
