Molly dio un paso hacia él y Dylan la abrazó. Era cálida y mullida, y estrecharla en sus brazos no estuvo mal, pero ella parecía rígida e incómoda, así que se apartó y le indicó que se sentara en el sofá de cuero que había en un rincón de su despacho. Luego se acercó al bar de la librería.

– ¿Un refresco? ¿Una copa de vino?

– No, gracias.

Se sentó junto a ella y se cruzó de piernas, apoyando una bota en la rodilla. No tenía muchas visitas inesperadas, y desde luego, ninguna de su pasado. La intrusión no lo molestaba, en todo caso, sentía curiosidad.

– ¿Qué te trae por aquí?

Molly estaba sentada con las manos en el regazo y retorcía los dedos.

– No estoy segura. Creo que ha sido un impulso por mi parte. Espero que no te importe.

– En absoluto. Han pasado muchos años.

– Diez -asintió Molly-. Aunque no los he estado contando.

– Has crecido. Siempre fuiste una niña adorable, pero ahora eres una mujer adorable -aquel cumplido pareció sincero y fluido. Los cumplidos siempre se le habían dado bien.

– Y tú sigues tan encantador como siempre -rió Molly-. La verdad es que era feúcha, pero he mejorado algo. Nunca seré una modelo de revista, pero no me importa.

Dylan la observó. No podía recordar la última vez que había pensado en Molly, o en Janet, que en su momento había sido el amor de su vida, o al menos eso había creído a los veintitrés años. Molly se volvió hacia él.

– Estaba hablando con mi hermana y tu nombre surgió en la conversación. Me pregunté cómo estarías, y como iba a salir de viaje y a pasar por aquí, se me ocurrió hacerte una visita. ¿Te resulta chocante?

– En absoluto, me alegro de que lo hicieras. Háblame de ti. Sigues usando el mismo apellido, así que o no estás casada o eres una mujer moderna e independiente que se niega a dejarse arrollar por las expectativas de la sociedad.



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