
La compañía compradora le había dado quince días para fijar una reunión preliminar. Si se negaba, retirarían la oferta, así que esperaría hasta que algo cambiara, hasta que supiera de qué lado ponerse. Mientras tanto, tenía que repasar algunos informes.
Se volvió y se puso delante del ordenador. Luego empezó a teclear. Ya estaba absorto en el extracto de cuentas trimestral cuando Evie lo llamó por el interfono.
– Tienes visita -le dijo-. Molly Anderson. No tiene cita, Dylan, pero dice que la conoces de hace años.
Los recuerdos tardaron un segundo en ordenarse. Molly, la hermana pequeña de Janet. Claro que la recordaba, con su pelo claro y rizado y sus ojos grandes. Era una niña dulce y siempre lo había idolatrado. Normalmente eso le habría molestado, pero en el caso de Molly se había sentido halagado. Tal vez porque la niña tenía buen corazón y era sincera con él. No podía decir lo mismo de muchas personas aquellos días.
– Que pase -le dijo.
Se puso en pie y cruzó la estancia. Cuando Evie abrió la puerta del despacho, ya estaba allí para recibirla. Tenía el brazo extendido y la sonrisa en los labios, pero la mujer que entró en su despacho no era la adolescente que recordaba.
Seguía siendo bajita, de un metro sesenta de estatura. Le había crecido el pelo y lo llevaba recogido en una trenza. Un ligero maquillaje acentuaba sus grandes ojos de color avellana, los granos habían desaparecido y sus mejillas brillaban con su color natural. Su sonrisa era amplia y su paso firme. Una camisa de manga larga y unos vaqueros se ceñían a un cuerpo generosamente curvo.
– La señorita Anderson -dijo Evie, y los dejó solos.
– La pequeña Molly se ha hecho mayor -declaró, sorprendido de su presencia. La mujer que estaba frente a él asintió y se ruborizó.
– No me habían llamado así hacía años. Supongo que estarás sorprendido de verme.
– Sí, gratamente -Dylan decidió que estrecharle la mano no era lo apropiado en aquella situación. Después de todo, aquélla era Molly, así que abrió los brazos-. ¿Por los viejos tiempos?
