
– Sé lo que estás pensando -dijo Molly.
– Lo dudo.
– Te estás preguntando por qué estoy aquí. Quiero decir, que estoy segura de que te alegras de verme y todo eso, pero ¿qué es lo que quiero?
Buena suposición por su parte. Varias posibilidades pasaron por su cabeza. ¿Dinero? ¿Trabajo? ¿Esperma? La última idea casi le hizo sonreír. No importaban los años que habían pasado, no podía imaginar a la pequeña Molly pidiéndole esperma a nadie.
– La verdad es que quiero algo -dijo, y metió la mano en su bolso. Hurgó en su interior y sacó un pequeño objeto, luego lo dejó sobre la mesa.
Dylan no imaginaba qué sería, pero se quedó atónito al ver el anillo de oro sobre la superficie de madera.
– Esto es tan inesperado -dijo, tratando de bromear porque no sabía qué decir.
– No es lo que piensas -le dijo Molly.
– Bien, porque no sé qué pensar.
– ¿Te acuerdas del anillo?
– Claro -Dylan lo tomó en su mano. Sólo había comprado un anillo de boda en su vida y había sido para Janet, cuando pensó que no podría seguir viviendo si ella. Era evidente que se había equivocado. El tiempo lo curaba todo… lo mismo que las lecciones de la vida-. Lo compré para tu hermana.
– Luego me lo diste a mí, el día de su boda.
Dylan asintió. Creyendo que contemplar parte de la ceremonia cerraría sus heridas, se había presentado en la iglesia. Molly había salido a despedirle. Recordaba haberle dado el anillo, pero no recordaba por qué. Molly inspiró profundamente.
– No quería que te fueras. Por razones diversas, aunque la única que podía decirte en aquel momento era que me habías prometido llevarme contigo de aventura cuando fuera mayor. Así que me diste el anillo y me dijiste que te lo trajera cuando estuviera lista -Molly carraspeó. El color empañaba sus mejillas y bajó la cabeza, de modo que se quedó mirando la mesa-. Bueno, estoy lista si tú todavía quieres hacerlo.
