Capítulo 2

Molly se sintió como si alguien hubiera instalado una licuadora en su estómago. Y como si el violento triturado no bastara, tenía la horrible sensación de que iba a vomitar. Eso sí que sería una imagen agradable para el recuerdo.

Nervios, se dijo. Sólo eran nervios… y el tequila en el estómago vacío. ¿En qué había estado pensando? El problema era, claro, que no había pensado en absoluto. No había querido hacerlo, porque ninguna persona en su sano juicio le habría pedido a Dylan lo que ella acababa de pedirle.

Hizo un esfuerzo para mirarlo y vio cómo sus ojos oscuros la contemplaban con leve sorpresa. No parecía dispuesto a salir corriendo, lo que era muy amable por su parte, a fin de cuentas. Molly dudaba que ella hubiera sido igual de educada en aquella situación. Se aclaró la garganta.

– Si hace que te sientas mejor, no puedo creer lo que he dicho.

– Entonces, ya tenemos algo en común.

Al menos, no había perdido el sentido del humor.

– Está bien, es una locura, lo reconozco. Seguramente pensarás que estoy loca de verdad, y tal vez lo esté, pero no te preocupes, no soy peligrosa.

Dylan contempló el anillo que estaba en la palma de su mano. La hilera de callos en la base de sus dedos atrajeron la atención de Molly. Era evidente que había pasado mucho tiempo haciendo trabajo manual. Seguramente durante los primeros años desde que montó su negocio, había hecho él mismo casi todo el ensamblaje. Posiblemente de noche, solo en un almacén. Dylan siempre había sido decidido y resuelto, y dudaba que hubiera cambiado. No era la clase de hombre que renunciaba fácilmente, ni había prosperado tanto escuchando propuestas alocadas. Iba a decirle que no.



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