
No era justo, pensó mientras tiraba de la cintura de su vestido de dama de honor, que le quedaba demasiado justo. Además, el estilo de la prenda no le iba en absoluto. Para empezar, era demasiado sofisticado. A sus diecisiete años, era la dama de honor más joven, y también la de menor estatura. Las amigas de Janet eran altas y esbeltas, como su hermana. Molly no pensaba que un metro sesenta fuera poca altura, pero comparada con el resto de sus familiares, casi era una enana. Otra de las razones porque las que no encajaba en la familia…
Sintió un hormigueo en la nuca. Molly se enderezó y al volverse, vio una sombra que emergía de la parte de atrás de la iglesia. La sombra se convirtió en hombre y Molly se quedó sin aliento. ¡Dylan! ¡Se había presentado!
Molly se había preguntado si iría a ver cómo Janet se casaba con otro. ¿Le atormentaría aquella ceremonia? ¿Sentiría deseos de interrumpir el rito y alegar que Janet era suya? Molly estaba desgarrada. Aunque le habría gustado el dramatismo de la situación, no quería que la estúpida de Janet se casara con alguien tan maravilloso como Dylan. Era demasiado… lo era todo.
Consciente de que su madre iba a matarla pero decidiendo que merecía la pena, Molly se escurrió por el pasillo lateral del fondo de la iglesia. Avanzó calladamente y le pareció que nadie se percataba de su marcha. Al llegar a la entrada, se dio cuenta de que Dylan ya había salido.
– Dylan -lo llamó mientras corría tras él. Cuando llegó a las escaleras que bajaban a la acera, se paró en seco. La motocicleta negra de Dylan estaba aparcada delante de la iglesia. Tenía una caja sujeta a cada lado y un bulto atado a la zona de detrás de su asiento-. Te vas -le dijo con un dolor agudo en el pecho. Dylan la oyó y se volvió.
