
– Hola, peque. ¿Qué tal te va?
Molly agarró con fuerza el ramo de rosas y se quedó mirándolo fijamente.
– Te vas. ¿Por qué?
– Aquí no hay nada para mí -dijo Dylan, encogiéndose de hombros-. Ya no.
Era uno de esos días perfectos de primavera por los que era famoso el sur de California. El cielo azul brillante, la temperatura suave, una leve brisa. Sin duda, Janet había previsto el tiempo de antemano. Pero la belleza del día no era nada comparada con lo hermoso que era Dylan Black.
Era alto, superaba el metro ochenta de estatura, y tenía los ojos y el pelo de color castaño oscuro. Su chaqueta de cuero negro hacía que sus hombros parecieran interminables. Los vaqueros se ceñían a sus muslos y a su trasero, y llevaba botas negras y un pendiente. Molly se estremeció al pensar en él. Era la razón de su existencia.
– No puedes irte -le dijo, mientras bajaba corriendo las escaleras para llegar a su lado-. No puedes.
Dylan le sonrió ampliamente, una sonrisa que le hizo olvidarse de respirar. Lo había conocido por primera vez hacía dos años, cuando Janet había empezado a salir con él. Por lo general, Molly nunca había prestado mucha atención a los novios de su hermana, todos habían sido aburridos o estúpidos, pero Dylan era diferente. Su diario era un testimonio de sus virtudes… tal y como ella las veía, al menos. Los chicos de su edad se habían vuelto insignificantes para Molly, y Dylan se había fijado en ella y le hablaba. Bromeaba con ella porque parecía interesada en ir a clase y era inteligente, y la trataba como a una persona de verdad. Por si aquello no fuera maravilloso de por sí, nunca se reía del aparato ortopédico que llevaba en la boca, ni de sus granos o su gordura. Durante los últimos dos años, Molly había estado rezando para que Dylan se diera cuenta de lo superficial que era Janet y se fijara en ella.
La primera parte de su deseo se había hecho realidad. Janet y Dylan habían cortado, pero había sido su hermana la que había terminado la relación y Dylan no había buscado consuelo en Molly.
