
Molly apoyó la barbilla en su hombro y sintió la fresca suavidad del cuero. Inspiró el aroma de Dylan y absorbió el calor de su cuerpo. Era fuerte y delgado, y la abrazaba como si ella realmente fuese importante para él. Luego Dylan dio un paso atrás.
– Tengo que irme -le dijo.
– Lo entiendo -asintió Molly-. Tiene que ser muy duro para ti quedarte aquí. Todavía la quieres.
– Si esto es amor -repuso Dylan con una media sonrisa-, duele horrores -se quedó pensativo por un momento-. Te propongo una cosa, Molly. Cuando seas mayor y estés lista para una aventura, ven a buscarme. Y dame esto. Iremos donde tú quieras.
Acto seguido, se metió la mano en el bolsillo delantero de la chaqueta y sacó un anillo de oro delgado y sencillo. Molly contuvo el aliento. Supo enseguida que era el anillo de boda que debía de haberle comprado a su hermana.
– No lo sabía -susurró.
– No hay nada que saber -le dijo-. Lo compré, pero nunca llegué a declararme. Toma, guárdalo. Tráeme el anillo cuando estés preparada. ¿Trato hecho?
Dylan dejó el anillo en la palma de su mano. Molly la cerró y se quedó mirándolo.
– Adiós, peque -le dijo, y luego se acomodó sobre su moto.
Molly se quedó de pie viendo cómo se alejaba. No importaba que Dylan hubiera comprado el anillo para Janet y que realmente hubiera querido casarse con su hermana. No importaba que Janet hubiera sido lo bastante estúpida como para cortar con él antes de que Dylan se declarase. Molly tenía el anillo en su poder. En cuando se hiciera mayor, iría en su busca y huiría con él. Iba a hacer que se enamorara de ella y serían felices el resto de sus vidas. Tenía su promesa. La promesa del anillo de boda.
