
– Es hora de que cambie de aires -dijo, metiéndose las manos en los bolsillos-. Así es el mundo, peque. Pero voy a echarte de menos.
– ¿De verdad? -la voz de Molly fue casi un graznido.
– Claro. Somos colegas -contestó Dylan, y le obsequió con una sonrisa un poco forzada.
¿Colegas? Molly contuvo un suspiro. De acuerdo, había esperado más, pero se conformaba con aquello.
– ¿Adónde irás? -le preguntó.
– Lejos de aquí -Dylan se encogió de hombros-. He pensado en probar suerte en las carreras -señaló la moto con la cabeza-. No se me da mal montar en este cacharro.
– Eres el mejor -Molly apretó las flores contra su pecho. Ojalá pudiera pedirle que la llevara con él. Tal vez se hubiese enamorado platónicamente de Dylan, pero no era estúpida. Se portaba bien con ella, pero sólo la veía como la hermana pequeña de Janet. Sin embargo, si tuviera la manera de convencerlo para que se quedara… -. No puedes irte -le dijo, recordando algo importante-. Me prometiste llevarme contigo. A correr una aventura, ¿recuerdas? Cuando me hiciera mayor.
Aquella vez la sonrisa fue amplia y sincera. Extendió el brazo y le acarició la mejilla con la mano.
– Sí, lo recuerdo, íbamos a huir juntos en mi moto.
– Sí. Bueno, dentro de poco seré mayor. Si te vas, ¿cómo podré encontrarte para hacer ese viaje? No irás a romper tu palabra, ¿verdad?
– Ven aquí -le dijo con voz ronca, y le abrió los brazos.
Con su chaqueta de cuero gastada y sus botas arañadas, parecía un delincuente. Molly nunca había estado enamorada, pero sabía que nunca sentiría lo mismo por ningún otro hombre.
Corrió hacia él. Dylan la estrechó con fuerza entre sus brazos y el ramo quedó aplastado, pero a Molly no le importó. Nada importaba salvo estar junto a Dylan.
La habían abrazado antes, y hasta la habían besado un par de novios a los que ya había olvidado. Pero habían sido unos chicos y Dylan era todo un hombre. Trató de fijarse en todo para poder recordarlo más tarde, ya que tenía el presentimiento de que Dylan iba a dejarla con poco más que recuerdos.
