
Dejó el cajón vacío en la alfombra y empezó a rebuscar entre las braguitas y los sujetadores. Tomó un sujetador sencillo de deporte, uno de los últimos que había comprado, y algo llamó su atención. Un destello de luz… un reflejo.
Molly hurgó en la maraña de encaje y algodón. Al apartar a un lado las prendas, el pequeño objeto se deslizó a una esquina de la maleta. Lo tomó y lo miró. Por primera vez en diez días, Molly sonrió, y pasó el pulgar sobre el anillo de oro. El anillo de Dylan, el que había comprado para su hermana pero le había dado a ella. Habían pasado años. Molly se dejó caer sobre el colchón. ¿Qué habría sido de él? Había desaparecido de su vida de repente, igual que uno de esos héroes de las películas del Oeste que tanto le gustaban. Sólo que en lugar de irse montado sobre un recio caballo, se había alejado montado en su motocicleta.
Se preguntó dónde estaría aquel día. ¿Seguiría teniendo la misma magia? Antes, estar junto a Dylan había bastado para hacer que su mundo estuviera bien. Lo tenía por el hombre más perfecto y atractivo del planeta. Se acordó de lo poco atractiva que era ella entonces, con sus granos y su aparato ortopédico, e hizo una mueca. Pero Dylan siempre había tenido tiempo para ella. Le había hecho sentirse especial y nunca lo olvidaría.
Se colocó el anillo en el dedo corazón de su mano derecha. Sin duda, Dylan seguiría rompiendo corazones a una velocidad alarmante. O tal vez había madurado, como todos los demás, y era un hombre casado de mediana edad, con dos hijos y una hipoteca. Trató de imaginarlo conduciendo un respetable sedan, pero la imaginación le falló. Para ella, Dylan siempre sería joven y atractivo, un peligroso rebelde con chaqueta y botas negras.
