Dejó el anillo en el dedo y reanudó la tarea. Estaba doblando una camisa de algodón de mangas largas cuando sonó el teléfono. Sabía quién era antes de contestar.

– Estoy bien -dijo al descolgar el auricular y colocárselo entre el hombro y el cuello.

– Podría haber sido un vendedor -dijo Janet-, y te habrías sentido muy tonta.

– No, el teléfono sonaba como si fueras tú. Sabía quién llamaba -dejó la camisa y se sentó en el suelo-. En serio, estoy bien.

Janet suspiró, y aquel sonido llegó claramente desde el otro extremo del estado. Janet y su marido, Thomas, vivían al norte de California, en Mill Valley, cerca de San Francisco.

– No te creo, Molly. Estoy preocupada. Ya sé que me dices que no me preocupe, pero no puedo evitarlo. Eres mi hermana y te quiero.

– Te lo agradezco -Molly dobló las rodillas y las acercó a su pecho-. Yo también te quiero. No podría haber sobrevivido sin tu ayuda, pero tienes que creerme. Estoy bien.

Era una mentira insignificante.

– He pensado en ir a verte y pasar una semana o dos contigo. Hasta que… ya sabes.

Molly imaginó a Janet pasando una semana en su pequeño apartamento preocupándose por todo. Lo cierto era que la idea tenía mérito. Janet y ella no se habían llevado bien de niñas, una situación favorecida por su madre, pero después de que Janet se casara y se fuera a vivir al norte de California, las dos hermanas habían descubierto que tenían más cosas en común de lo que habían creído y habían creado entre ellas un estrecho lazo de afecto.

– Por atractiva que me parezca la idea – dijo Molly-, tienes tres niñas y sé que mis sobrinas nunca me perdonarían que apartara a su madre de su lado, aunque fuera sólo por unos días. Y para serte sincera, echas de menos a Thomas cuando no estás con él. Al tercer día, eres todo gemidos y llantos. Me pondrías de los nervios -Molly lo dijo en tono desenfadado, en parte porque era cierto y en parte porque tenía miedo de que Janet y ella no hicieran más que llorar durante aquella semana-. Además -añadió-, voy a hacer un viaje.



8 из 183