

Sara Paretsky
Sin previo Aviso
Nº 3 V. I. Warshawski
Para Sara Krupnik y Hannah Paretsky, cuyos nombres llevo.
Que aquél que instaura la pazen las alturasnos conceda a todos la paz.
La historia de Lotty Herschel
La ética del trabajoEl frío de aquel invierno nos traspasaba los huesos. Alguien que viva en un lugar donde, al girar un termostato, los radiadores proporcionan todo el calor que se desee, no podrá ni imaginárselo, pero, por aquel entonces, en Inglaterra todo funcionaba a base de carbón y en aquel segundo invierno después de la guerra había una escasez terrible de ese combustible. Como todo el mundo, yo tenía montoncitos de monedas de seis peniques para encender la estufa eléctrica de mi habitación, pero, aunque hubiera podido permitirme tenerla funcionando toda la noche, no daba mucho calor.
Una de las mujeres con las que compartía el alojamiento consiguió un trozo de seda de un paracaídas gracias a su hermano, que había servido en la RAF. Todas nos hicimos camisolas y bragas. Por aquel entonces todas las chicas sabíamos hacer punto y yo deshacía los jerséis viejos para tejer bufandas y chalecos, porque la lana nueva costaba una fortuna.
En los noticiarios cinematográficos veíamos barcos y aviones estadounidenses que llevaban a los alemanes todo cuanto necesitaran. Mientras nos envolvíamos en jerséis y mantas, y comíamos un pan grisáceo con algún sucedáneo de mantequilla, bromeábamos sarcásticamente sobre el error de haber recurrido a los americanos para ganar la guerra. La chica que había conseguido la seda del paracaídas decía que nos habrían tratado mejor si la hubiésemos perdido.
