
Yo había empezado las prácticas de medicina, así que no podía pasar demasiado tiempo arropada en la cama. De todos modos, estaba contenta de tener un hospital donde acudir, aunque sus salas tampoco estuvieran bien caldeadas. Los pacientes y las hermanas solían apiñarse alrededor de la gran estufa que había en el centro de una de las alas del hospital a tomar té y contarse historias con una camaradería que los estudiantes envidiábamos. Las hermanas esperaban que los alumnos nos comportáramos como profesionales y, francamente, disfrutaban dándonos órdenes. Hacíamos la ronda de consultas con dos pares de leotardos puestos y con la esperanza de que los internistas no se dieran cuenta de que llevábamos guantes mientras íbamos en fila, tras ellos, de cama en cama, escuchando a los pacientes explicar unos síntomas que solían ser más bien el producto de las privaciones que de cualquier otra cosa.
Trabajar dieciséis o dieciocho horas al día sin la adecuada alimentación nos pasó factura a todos. Muchos de mis compañeros sucumbieron a la tuberculosis y se les concedió una excedencia temporal. La verdad es que ésa era la única razón por la que el hospital nos permitía interrumpir las prácticas y reincorporarnos más adelante, aunque a algunos les llevó más de un año recuperarse. Los nuevos antibióticos empezaban a llegar, pero costaban muchísimo y su uso todavía era limitado. Cuando me tocó a mí, me dirigí a la jefa de servicios para explicarle que una amiga de la familia tenía una casita de campo en Somerset donde tal vez podría recuperarme. Ella movió la cabeza con gesto sombrío. Ya habíamos caído cinco de mi grupo, pero me firmó el impreso de excedencia, me pidió que escribiera todos los meses y recalcó que esperaba verme de nuevo por allí antes de un año.
La verdad es que estuve ausente ocho meses. Hubiese querido reincorporarme antes, pero Claire -Claire Tallmadge, que por aquel entonces tenía una plaza de médico residente adjunto, aunque bastante precaria- me persuadió de que no estaba lo bastante fuerte, aunque yo me moría de ganas por volver.
