
– ¡Vic! ¿Con los de qué lado de la puerta estás?
Me reí con cierta vergüenza: una vez tuve una discusión con mi padre porque participé en una manifestación que hubo en Grant Park contra la guerra, cuando él estaba asignado a la patrulla antidisturbios. Entonces yo era una adolescente cuya madre se estaba muriendo y tenía tal lío emocional que no sabía lo que quería. Así que decidí pasar una noche salvaje con los yippies
– Tengo que encontrar al abuelo de esta personilla. ¿Te parece que yo debería estar ahí fuera protestando?
– En ese caso, tendrías que elegir entre Durham y Posner.
– Sé de qué va la cruzada que ha emprendido Posner para conseguir el pago de los seguros de vida, pero ¿qué es lo que quiere Durham?
Judson alzó un hombro.
– Quiere que el Estado ¿legalice las actividades de las compañías de seguros que obtuvieron beneficios a costa de la esclavitud en los Estados Unidos, a menos que les paguen una indemnización a los descendientes de esos esclavos. Así que pretende que no se apruebe la IHARA hasta que se incluya esa cláusula.
Di un silbidito de respeto: el Ayuntamiento de Chicago había aprobado una resolución para indemnizar a los descendientes de los esclavos. Las resoluciones son gestos muy bonitos, simples guiños al electorado que no conllevan coste alguno. Así que, si el alcalde se enfrentaba públicamente a Durham para que la resolución no acabara convirtiéndose en ley, se colocaría en una situación un tanto embarazosa.
Se trataba de un problema político muy interesante, aunque en aquellos momentos no era un asunto tan urgente para mí como el de Calia, que me tenía los brazos machacados. Vi que uno de los subordinados de Judson estaba tratando de captar su atención, así que me apresuré a explicarle que necesitaba encontrar a Max. Judson dijo algo por el micrófono que llevaba en la solapa. Unos minutos más tarde apareció una joven del equipo de seguridad del hotel acompañando a Max, quien tomó a Calía en brazos. Ella se despertó y se puso a llorar. Antes de que le dejase con la nada envidiable tarea de calmar su llanto y llevarla al coche, Max y yo tuvimos tiempo para intercambiar unas breves palabras sobre la mesa redonda, el jaleo que había fuera y cómo había pasado el día Calia.
