Por fin el atasco me llevó lentamente más allá de la puerta del hotel. Giré para meterme en Randolph Street, a la altura del cruce con Grant Park. No había ni un solo sitio libre en la zona de parquímetros, pero me imaginé que los polis estarían demasiado ocupados en el Pléyades como para perder el tiempo poniendo multas.

Metí el portafolios en el maletero, eché la llave y cogí en brazos a Calia, que seguía dormida en el asiento de atrás. Abrió los ojos un momento, pero a continuación cayó pesadamente sobre mi hombro. La pobre estaba demasiado agotada como para ir andando hasta el hotel. Apreté los dientes. Colocándome la carga de sus veinte kños de peso muerto lo mejor que pude, fui tambaleándome por las escaleras que bajan a Columbus Drive, la calle donde está la entrada de servicio del hotel. Ya eran casi las cinco. Esperaba poder encontrar a Max sin demasiado esfuerzo.

Tal como había supuesto, no había nadie bloqueando la entrada inferior. Pasé por delante de los porteros con Calia en brazos y subí en el ascensor hasta la planta del vestíbulo. Estaba tan atestado de gente como la entrada principal, pero se trataba de una multitud menos ruidosa. Clientes del hotel y participantes en la conferencia de la Fundación Birnbaum se hallaban apretujados alrededor de las puertas preguntándose qué era lo que estaba pasando y qué hacer.

Empezaba a perder la esperanza de poder encontrar a Max entre aquel gentío, cuando divisé un rostro conocido. Era Al Judson, el jefe de seguridad del Pléyades. Estaba junto a las puertas giratorias hablando por un intercomunicador. Me abrí paso hacia él a codazos.

– ¿Qué hay, Al?

Judson era un negro bajito, que pasaba inadvertido en medio de la gente, un antiguo policía que había aprendido a vigilar cualquier movimiento sospechoso en medio de un grupo de gente imprevisible cuando patrullaba con mi padre hace cuarenta años por Grant Park. Al verme me dirigió una sonrisa de verdadera alegría.



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