
– ¿Lo de los paños? Hadiyyah se rió.
– ¡No! No sabe que los he encontrado.
– Quizá no debas utilizarlos.
– No estaban escondidos. Sólo estaban guardados. Hasta que mamá vuelva a casa, imagino. Está en…
– En Canadá, sí. -Barbara asintió-. Bueno, ten cuidado. A tu padre no le hará ni pizca de gracia si te caes y te abres la cabeza. ¿Tienes casco o algo así?
Hadiyyah bajó la cabeza, se miró los pies -un patín en uno y en el otro el calcetín- y lo pensó. – ¿Debo llevarlo?
– Por seguridad -le dijo Barbara-. Y también por respeto a los barrenderos. Así no quedan trocitos de cerebro esparcidos por la acera.
Hadiyyah puso los ojos en blanco. -Ya sé que lo dices en broma.
– Te juro que es verdad -dijo Barbara con la mano en el pecho-. ¿Y tu padre dónde está? ¿Hoy estás sola? -Abrió con el pie la verja que daba al camino de entrada a la casa y pensó en si debía hablar de nuevo con Taymullah Azhar sobre eso de dejar a su hija sola. Si bien era cierto que lo hacía en contadas ocasiones, Barbara le había dicho que estaría encantada de cuidar a Hadiyyah en su tiempo libre si Azhar tenía que reunirse con sus alumnos o supervisar alguna tarea en el laboratorio de la universidad. Hadiyyah era una niña sorprendentemente auto-suficiente pese a tener ocho años, pero al fin y al cabo seguía siendo eso: una niña de ocho años, y era más inocente que los críos de su edad, lo cual se debía en parte a una cultura que la protegía y también a la deserción de su madre inglesa, quien ya hacía casi un año que estaba «en Canadá».
– Ha ido a comprarme un regalo sorpresa -le informó Hadiyyah con toda naturalidad-. Cree que no lo sé, piensa que creo que ha ido a hacer un recado, pero sé qué está haciendo en verdad. Es porque se siente mal e imagina que yo me siento mal; no es así, pero quiere ayudarme a que me sienta mejor de todas formas. Así que ha dicho: «Voy a hacer un recado, kushi», y se supone que tengo que pensar que no es un regalo para mí. ¿Vienes del supermercado? ¿Puedo ayudarte, Barbara?
