
– Hay más bolsas en el coche si quieres ir a por ellas -le respondió Barbara.
Hadiyyah se bajó del banco y (con un patín puesto y otro no) se dirigió saltando hacia el Mini y sacó el resto de las bolsas. Barbara la esperó en la esquina de la casa.
– ¿Y a qué se debe la ocasión? -le preguntó Barbara cuando Hadiyyah se reunió con ella, subiendo y bajando sobre un patín.
Hadiyyah la siguió hasta el fondo de la propiedad donde, bajo una falsa acacia, la casita de Barbara (que parecía mucho más un cobertizo con delirios de grandeza) tenía trocitos de pintura verde descascarillada en un parterre estrecho necesitado de una siembra.
– ¿Eh? -preguntó Hadiyyah. Ahora que la tenía cerca, Barbara vio que la niña llevaba los cascos de un CD portátil alrededor del cuello y el propio aparato sujeto a la cintura de los vaqueros azules. Unas voces femeninas cantaban al son de una música indeterminada y metálica. Hadiyyah parecía no advertirlo.
– La sorpresa -dijo Barbara mientras abría la puerta de su casa-. Has dicho que tu padre había salido a comprarte una sorpresa.
– Ah, eso. -Hadiyyah entró con paso firme en la casa y dejó la carga sobre la mesa del comedor, donde el correo de varios días se mezclaba con cuatro ejemplares del Evening Standard, el cesto de la ropa sucia y una bolsa vacía de chuchos de crema. Todo aquello formaba un revoltijo poco atractivo que hizo fruncir el ceño significativamente a la pequeña, muy pulcra por lo general.
– No has ordenado tus cosas -la reprendió.
– Una observación muy perspicaz -murmuró Barbara-. ¿Qué hay de la sorpresa? Sé que no es tu cumpleaños.
Hadiyyah golpeó el suelo con el patín y pareció de pronto incómoda, una reacción totalmente insólita en ella. Barbara advirtió que hoy se había trenzado ella el pelo negro. La raya dibujaba una serie de zigzags, mientras que los lazos rojos al final de las trenzas estaban desiguales, uno dos centímetros más arriba que el otro.
