– A partir de ahora, quiero volver aquí todas las semanas -anunció-. ¿Vendrás conmigo, Barbara? Podría ahorrar todo mi dinero y podríamos comer y entrar en todas las tiendas. Hoy no podemos porque tendría que estar en casa antes de que llegue papá. Se enfadará si sabe adonde hemos ido.

– ¿Sí? ¿Por qué?

– Pues porque tengo prohibido venir aquí -dijo Hadiyyah alegremente-. Papá dice que si alguna vez me ve en Camden High Street, me azotará hasta que no pueda sentarme. Tu nota no decía que veníamos aquí, ¿verdad?

Barbara maldijo para sus adentros. No había considerado las repercusiones de lo que para ella sólo era una excursión inocente a la tienda de discos. Por un momento, se sintió como si hubiera corrompido a los inocentes, pero se permitió sentirse aliviada al haber escrito una nota a Taymullah Azhar en la que sólo había empleado cuatro palabras, «La niña está conmigo», junto con su firma. Si pudiera confiar en la discreción de Hadiyyah… Aunque, por la emoción de la pequeña -pese a su intención de ocultar a su padre adonde había ido mientras éste hacía su recado-, Barbara tenía que admitir que era altamente improbable que fuera capaz de no contarle a Azhar lo bien que lo habían pasado en su aventura.

– No le he dicho exactamente dónde estaríamos -admitió Barbara.

– Oh, genial -dijo Hadiyyah-. Porque si lo supiera… No me gusta mucho que me azoten, Barbara. ¿Y a ti?

– ¿Crees que de verdad te…?

– Vaya, mira, mira -gritó Hadiyyah-. ¿Cómo se llama este sitio? Y huele de maravilla. ¿Están cocinando? ¿Podemos entrar?

«Este sitio» era el mercado de Camden Lock, al que habían llegado al ir camino a casa. Estaba a orillas del Grand Union Canal, y el aroma de los puestos de comida que había dentro las abordó en la acera. Dentro, y mezclándose con el sonido de la música raip que salía de una de las tiendas, podían distinguirse los ladridos de los vendedores de comida pregonando de todo, desde patatas asadas rellenas a pollo tikka másala.



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