– Nobanzi -la corrigió Hadiyyah pacientemente.

– La semana que viene habrán desaparecido. Caerán en el olvido mientras que el Más Grande seguirá sonando toda la eternidad. Esto, amiguita, sí es música.

Hadiyyah no parecía muy segura.

– Lleva unas gafas muy raras -observó.

– Sí, ya. Pero era la moda. Lleva siglos muerto. Un accidente de avión, por culpa del mal tiempo. Intentaba regresar a casa con su esposa embarazada. «Demasiado joven, -pensó Barbara-. Demasiada prisa.»

– Qué triste. -Hadiyyah miró la fotografía de Buddy Holly con ojos despiertos.

Barbara pagó la compra y arrancó el envoltorio. Sacó el CD y sustituyó a Nobanzi por Buddy Holly.

– Regálate los oídos con esto -le dijo, y cuando la música empezó a sonar, condujo a Hadiyyah de nuevo a la calle.

Como le había prometido, Barbara la llevó a varias tiendas donde las modas locales y efímeras abarrotaban los percheros y colgaban de las paredes. Grupitos de adolescentes gastaban dinero como si acabara de anunciarse que se acercaba el fin del mundo, y se parecían tanto todos entre sí que Barbara miró a su compañera y rezó para que Hadiyyah siempre mantuviera el aire de ingenuidad que hacía que fuera un verdadero placer estar con ella. Barbara no podía imaginársela transformada en una adolescente londinense con prisa por cumplir los dieciocho, un móvil pegado a la oreja, pintalabios y sombra de ojos coloreándole el rostro, unos vaqueros esculpiendo su pequeño trasero y unas botas destrozándole los pies. Y en absoluto imaginaba al padre de la pequeña permitiéndole salir a la calle así vestida.

Por su parte, Hadiyyah lo asimiló todo como un niño en su primera visita a un parque de atracciones, mientras Buddy Holly llovía en su corazón. Hasta que llegaron a Chalk Farm Road, donde la multitud era, si cabe, aún más densa, chillona e iba más adornada que en las tiendas de abajo, Hadiyyah no se quitó los auriculares y habló.



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