
Eso sí que los haría venir corriendo, sin duda, pensó Kimmo con sarcasmo. Pero puso el pie sobre la silla una vez más, sabiendo que la abuela lo decía con buena intención, aunque tuviera los plomos un poco fundidos respecto a lo que creía sobre sus padres.
– Muévete hacia la derecha. Sácale el perfil bueno -le indicó la abuela a la tía Sally.
Y unos minutos después las fotografías estaban tomadas y el espectáculo había acabado.
– ¿Adonde vas esta noche? -Le preguntó la tía Sally a Kimmo mientras éste iba hacia su habitación-. ¿Estás saliendo con alguien especial, Kim?
No, pero no tenía por qué saberlo.
– Con Blinker -le dijo alegremente.
– Bueno, pues no os metáis en líos.
Kimmo le guiñó un ojo y entró en el cuarto.
– Nunca, nunca, tía -mintió. Cerró la puerta con cuidado y echó el pestillo.
Lo primero era ocuparse de la ropa de Marlene. Kimmo se desvistió y la colgó antes de sentarse al tocador. Ahí se miró detenidamente la cara y, por un momento, se planteó quitarse un poco de maquillaje. Pero al final desechó la idea encogiéndose de hombros y buscó en el armario ropa adecuada. Escogió una sudadera con capucha, las mallas que le gustaban y las botas planas de media caña de terciopelo. Le divertía la ambigüedad del conjunto. ¿Chico o chica?, se preguntaría quien lo observara. Pero sólo se sabría si hablaba. Porque su voz había cambiado al fin, y cuando abría la boca, salía la vibración grave.
Se puso la capucha de la sudadera y bajó las escaleras con aire despreocupado.
– Me voy -gritó a su abuela y a su tía mientras cogía la chaqueta que estaba colgada junto a la puerta.
– Adiós, tesoro -contestó la abuela.
– Ve con cuidado, tesoro -añadió la tía Sally.
Les lanzó un beso y ellas se lo devolvieron.
– Te queremos -dijeron ellas.
– Os quiero -dijo Kimmo a la vez.
Fuera, se abrochó la cremallera de la chaqueta y desató la bicicleta de la barandilla.
