
Fuera, en la calle, la noche era fría y a Kimmo no le apetecía el paseo. Odiaba tener que ir en bicicleta y aún lo odiaba más cuando la temperatura rozaba los cero grados. Pero como ni la abuela ni la tía Sally tenían coche y como tampoco tenía carné de conducir que enseñarle a la poli con su sonrisa más encantadora si lo paraban, no le quedaba más remedio que pedalear. Ir en autobús era más o menos imposible.
La ruta lo llevó por Southwark Street hasta el tráfico denso de Blackfriars Road hasta que, serpenteando, llegó a los alrededores de Kennington Park. De ahí, con o sin tráfico, estaba a tiro de piedra de Clapham Common y su destino final: una vivienda de tres pisos de ladrillo rojo no adosada, lo cual era perfecto, que había observado detenidamente durante el último mes.
A estas alturas, conocía tan a fondo las idas y venidas de la familia que la habitaba que bien podría haber vivido allí él mismo. Sabía que tenían dos hijos. Mamá cubría su cupo de ejercicio yendo en bicicleta al trabajo, mientras que papá cogía el tren en Clapham Station. Tenían una au pair que se tomaba regularmente dos noches libres a la semana, y una de esas noches -siempre la misma- mamá, papá y los niños se marchaban juntos como una familia a… Kimmo no lo sabía. Suponía que iban a cenar a casa de la abuela, pero también podía ser perfectamente que asistieran a un servicio religioso largo, a una sesión con el terapeuta o a clases de yoga. La cuestión era que salían por la noche, hasta tarde, y que cuando volvían a casa, tenían que arrastrar indefectiblemente a los pequeños adentro porque se habían quedado dormidos en el coche. En cuanto a la au pair, las noches libres salía con otras dos chicas que trabajaban de lo mismo. Se alejaban juntas charlando en búlgaro o lo que fuera que hablaran, y en caso de regresar antes de que amaneciera, siempre era muy pasada la medianoche.
