
Iba pedaleando quizá a kilómetro y medio de la casa en la que había entrado a robar cuando se dio cuenta de que alguien lo seguía. Había más tráfico en las calles – ¿cuándo no lo había en Londres?- y varios coches le habían pitado al adelantarle. Primero creyó que le pitaban como hacen los vehículos cuando quieren que los ciclistas se aparten, pero pronto vio que pitaban a un coche que avanzaba despacio justo detrás de él, un coche que se negaba a adelantarle.
Se puso un poco nervioso, y se preguntó si Ronald habría logrado de algún modo recomponerse y encontrarlo. Dobló por una calle secundaria para asegurarse de que no estaba equivocado en su creencia de que lo seguían, y vio claramente que los faros que tenía justo detrás también giraban. Estaba a punto de ponerse a pedalear con furia cuando oyó a su lado el ronroneo de un motor y que alguien pronunciaba su nombre con voz cordial.
– ¿Kimmo? ¿Eres tú? ¿Qué haces en esta parte de la ciudad?
Kimmo dejó de pedalear, aminoró y se volvió para ver quién le hablaba. Sonrió cuando se dio cuenta de quién era el conductor.
– Eso da igual -dijo-. ¿Qué haces tú aquí?
La otra persona le devolvió la sonrisa.
– Parece que te buscaba. ¿Quieres que te lleve a algún sitio?
Sería oportuno, si Ronald lo había visto marcharse en la bicicleta y si la policía respondía más deprisa de lo normal, pensó Kimmo. La verdad es que no quería estar por la calle. Aún le quedaban unos tres kilómetros, y hacía un frío glacial.
– Pero llevo la bicicleta -dijo.
La otra persona se río.
– Bueno, no hay problema si tú no quieres que lo haya.
