– ¡Ronald, hay alguien en casa!

A Kimmo no le hizo falta oír a Ronald subiendo a toda prisa las escaleras o a Gail gritando «¡No! ¡Detente!» para comprender que tenía que salir de allí volando. Intentó torpemente abrir la cerradura de la ventana de guillotina, la subió y salió con la funda de almohada justo cuando Ronald entraba como un bólido en la habitación armado con lo que parecía un tenedor para dar la vuelta a la carne en una barbacoa.

Kimmo saltó unos dos metros y medio y cayó estrepitosamente en el alero con un jadeo, maldiciendo que no hubiera una enredadera por la que pudiera escapar a lo Tarzán hacia la libertad. Oyó que Gail gritaba: «¡Está aquí! ¡Está aquí!», y que Ronald maldecía desde la ventana de arriba. Justo antes de que saliera pitando hacia el muro trasero de la propiedad, se volvió hacia la casa y ofreció una sonrisa y un saludo insolente a la mujer que estaba de pie en el comedor con un niño soñoliento y atemorizado en brazos y otro agarrado a sus pantalones.

Entonces se fue, con la funda de almohada rebotando en su espalda y una carcajada burbujeando en su interior, sólo lamentaba no haber podido dejar la rosa. Al llegar al muro, oyó que Ronald salía rugiendo del comedor, pero cuando el pobre hombre alcanzó el primer árbol, Kimmo ya había saltado el muro y se dirigía hacia el erial. En el momento en que llegara la policía -lo que podía pasar entre la hora siguiente y el mediodía de mañana-, estaría ya muy lejos y sería un recuerdo vago en la mente de la mujer: un rostro pintado debajo de la capucha de una sudadera.

Dios santo, ¡esto sí era vida! ¡Era lo mejor! Si el material del botín resultaba ser valioso, el viernes por la mañana sería unos cientos de libras más rico. ¿Podía ser mejor? ¿Sí? Kimmo no lo creía. Qué más daba que hubiera dicho que se reformaría durante un tiempo. No iba a tirar a la basura el tiempo que había dedicado a preparar aquel trabajo. Sería estúpido hacerlo, y si algo no era Kimmo Thorne, era estúpido.



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