Vanessa se lo repetía una y otra vez para prepararse para la desilusión mientras subía los escalones de madera que llevaban al porche.

La puerta se abrió de par en par. La mujer que apareció en el umbral provocó una oleada de recuerdos contenidos, pero, al contrario de lo que le había ocurrido cuando vio a su madre, Vanessa no sintió ni confusión ni pena.

«Tiene el mismo aspecto», se dijo. Joanie seguía teniendo una constitución corpulenta, con las curvas que Vanessa había envidiado a lo largo de toda su adolescencia. Aún llevaba el cabello corto y revuelto alrededor de un hermoso rostro. Cabello negro y ojos azules como su hermano, aunque con rasgos más suaves y una perfecta boquita de piñón que había vuelto locos a todos los chicos.

Vanessa abrió la boca para hablar mientras buscaba algo que decir. Entonces, oyó que Joanie lanzaba un grito. Abrazos, cuerpos agitándose, risas, lágrimas y frases entrecortadas que terminaron inmediatamente con tantos años de separación.

– No me puedo creer que estés aquí…

– Te he echado mucho de menos. Tienes un aspecto… Lo siento.

– Cuando oí que tú… -murmuró Joanie, con una dulce sonrisa en los labios-. Dios, me alegro tanto de verte, Van.

– Casi me daba miedo venir -confesó Vanessa mientras se limpiaba las mejillas con el reverso de la mano.

– ¿Por qué?

– Pensé que te comportarías cortésmente conmigo, que me ofrecerías una taza de té mientras te preguntabas de qué diablos podíamos hablar.

Joanie se sacó un arrugado pañuelo del bolsillo y se sonó la nariz.

– Y yo creí que tú irías vestida con un abrigo de visen y diamantes y que vendrías a verme sólo por tu sentido del deber.

Vanessa lanzó una llorosa sonrisa.

– Tengo el visón guardado.

Joanie le agarró la mano y la hizo entrar por la puerta.

– Entra. Tal vez te ofrezca un té después de todo.



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