
– Veo que has cambiado más de lo que había pensado.
– Así es -dijo Vanessa. Se dispuso a salir, pero entonces se detuvo y miró por encima del hombro-. Los dos hemos cambiado, pero me imagino que aún sabes dónde está la puerta.
– Sí.
Brady habló más bien consigo mismo, dado que Vanessa ya se había marchado. Efectivamente, conocía dónde estaba la puerta. Lo que nunca se habría imaginado era que ella aún era capaz de poner su mundo patas arriba con sólo una mirada.
Capítulo II
La granja de los Knight se extendía por onduladas colinas y campos cultivados. El heno estaba ya muy alto y el trigo estaba empezando a brotar. Un enorme granero gris se erguía por detrás de tres corrales y, muy cerca, las gallinas picoteaban incesantemente el suelo. Unas rollizas vacas pastaban en una ladera, demasiado perezosas para dignarse a mirar al coche que se acercaba. Por el contrario, los gansos salieron corriendo a lo largo de la orilla del arroyo, excitados y enojados por la intrusión.
Un sendero de grava conducía a la casa. Cuando Vanessa detuvo el coche, desmontó lentamente. Se escuchaba el traqueteo distante de un tractor y el ladrido ocasional de un perro. Más cercanos eran los gorjeos de los pájaros, un intercambio musical que siempre le recordaba a vecinas chismorreando por encima de una valla.
Tal vez era una estupidez sentirse nerviosa, pero no podía evitarlo. Allí vivía su amiga más íntima, alguien con quien había compartido cada pensamiento, cada sentimiento, cada deseo y cada desilusión. Sin embargo, aquellas amigas tan sólo habían sido unas niñas, muchachas a punto de convertirse en mujeres, una época en la que todo resulta mucho más intenso y emocional. No habían tenido la oportunidad de distanciarse poco a poco. Su amistad se había visto interrumpida rápida y bruscamente. Entre aquel momento y el presente, les habían ocurrido a ambas demasiadas cosas. Esperar que las dos pudieran renovar los vínculos y sentimientos de entonces era ingenuo y optimista a la vez.
