Vanessa confiaba en que lo hiciera con el tiempo. Seguramente era porque no estaba ocupada, como debería estarlo. Ciertamente no había practicado lo suficiente ni aquel día ni el anterior. Aunque decidiera recortar sus obligaciones profesionales, no podía descuidar sus prácticas.

«Mañana», pensó, cerrando los ojos. El día siguiente sería un buen momento para instaurar una rutina diaria. Con aquellos pensamientos, se arrebujó en la chaqueta. Se había olvidado de lo rápido que la temperatura podía bajar allí cuando el sol se ocultaba tras las montañas.

Oyó que un coche aminoraba la marcha para aparcar en el acceso al garaje de una casa, a continuación una puerta que se cerraba. Desde algún lugar cercano una madre llamó a su hijo para que dejara de jugar y entrara en la casa. Otra luz parpadeó en una ventana. Un bebé comenzó a llorar. Vanessa sonrió y deseó poder sacar la vieja tienda que Joanie y ella habían utilizado en el jardín. Podría dormir allí, simplemente escuchando los sonidos de la noche.

De repente, escuchó los ladridos de un perro y vio el hermoso pelaje dorado de un golden retriever. Atravesó corriendo el césped del vecino, saltó por encima del macizo de caléndulas y pensamientos que su madre había plantado y se dirigió corriendo hacia Vanessa. Antes de que ella pudiera decidir si asustarse o alegrarse, le colocó las dos patas en el regazo y le dedicó una muy canina sonrisa.

– Vaya, hola -le dijo, mientras le acariciaba las orejas-. ¿De dónde has salido tú?

– De una distancia de dos manzanas, a plena carrera -comentó una voz masculina. Inmediatamente, Brady surgió entre las sombras-. Cometí el error de llevármelo hoy a la consulta. Cuando fui a meterlo en el coche, decidió irse a dar un paseo -comentó, mientras se detenía delante del balancín-, ¿Vas a volver a pegarme o me puedo sentar?



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