– Probablemente no te volveré a pegar -replicó Vanessa, sin dejar de acariciar al perro.

– Supongo que me tendré que conformar con eso -dijo Brady. Se sentó en el balancín y estiró las piernas. Inmediatamente, el perro trató de subírsele al regazo-. No trates de hacer las paces, amigo -repuso él. Entonces, se quitó al perro de encima.

– Es un animal muy bonito.

– No le digas esas cosas. Ya tiene un ego bastante desarrollado.

– La gente dice que las mascotas y sus dueños desarrollan características similares -comentó ella-. ¿Cómo se llama?

– Kong. Era el mayor de su carnada -respondió Brady. Al escuchar su nombre, el perro ladró dos veces y luego se lanzó a corretear por el jardín-. Lo mimé demasiado cuando era un cachorro y ahora estoy pagando por ello -añadió. Entonces, extendió un brazo por encima del respaldo del balancín y dejó que los dedos rozaran suavemente las puntas del cabello de Vanessa-. Joanie me ha dicho que has ido hoy a verla a la granja.

– Sí -comentó ella, golpeándole la mano para que la retirara-. Parece muy feliz y tiene un aspecto maravilloso.

– Es muy feliz -dijo Brady. Entonces, sin inmutarse, le tomó la mano y empezó a juguetear con los dedos en un gesto antiguo y familiar-.Ya habrás conocido a tu ahijada.

– Sí -replicó Vanessa al tiempo que retiraba la mano-. Es preciosa.

– Sí -afirmó él. Volvió a ocuparse del cabello-. Se parece a mí.

Sin poder evitarlo, Vanessa se echó a reír.

– Sigues siendo igual de presumido. ¿Quieres apartar las manos de mí?

– Nunca he podido hacerlo – contestó, pero se apartó un poco-. Solíamos sentarnos aquí muy a menudo, ¿te acuerdas?

– Sí.

– Creo que la primera vez que te besé estábamos sentados aquí, igual que ahora.

– No -replicó ella.

– Tienes razón -dijo Brady, aunque lo sabía muy bien-. La primera vez fue en el parque. Tú viniste a verme jugar al baloncesto.

– Dio la casualidad de que pasaba por allí.



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