Atónita, Vanessa se volvió para mirarlo.

– ¿Juntos? ¿Mi madre y tu padre?

– Es la pareja más de moda en el pueblo. Hasta ahora -dijo Brady. Entonces, le colocó un mechón de cabello detrás del hombro.

– ¿Mi madre?

– Es una mujer muy atractiva y está en la flor de la vida, Van. ¿Por qué no debería divertirse?

Vanessa se colocó una mano sobre el estómago y se levantó.

– Me voy adentro.

– ¿Cuál es el problema?

– No hay problema alguno. Entro porque tengo frío.

Brady la agarró por los hombres. Aquél fue otro gesto que provocó una oleada de recuerdos.

– ¿Por qué no la dejas vivir en paz? -le preguntó-. Dios ya la ha castigado lo suficiente.

– Tú no sabes nada.

– Más de lo que tú crees. Debes olvidarte del pasado, Vanessa. Tanto resentimiento te va a corroer por dentro.

– A ti te resulta muy fácil decirlo. Siempre te ha resultado muy fácil, con tu hermosa familia feliz. Tú siempre supiste que te querían, sin importar lo que hicieras o lo que no hicieras. Nadie te apartó de su lado.

– Ella no te apartó de su lado, Van.

– Me dejó marchar. ¿Qué diferencia hay?

– ¿Por qué no se lo preguntas?

Vanessa sacudió la cabeza y se apartó de él.

– Dejé de ser su niña hace doce años. Deje de ser muchas cosas.

Con eso, se dio la vuelta y entró en la casa.

Capítulo III

Vanessa durmió sólo a ratos. Había sentido dolor, pero estaba acostumbrada. Lo había enmascarado con antiácidos líquidos y tomándose las píldoras que le habían recetado para sus ocasionales dolores de cabeza, pero, principalmente, utilizando su fuerza de voluntad para ignorarlo.

En dos ocasiones había estado a punto de dirigirse hacia el dormitorio de su madre. Una tercera vez había llegado hasta la mismísima puerta y había levantado la mano para llamar, para regresar inmediatamente a su propio dormitorio y a sus pensamientos.



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