
Vanessa observó a su madre atentamente, tratando de imaginársela conio dueña de un negocio de antigüedades. ¿Habría mencionado alguna vez que se sentía interesada por ellas?
– No -afirmó. Parecía que sus preguntas iban a tener que esperar-.Vete.
– Si quieres, puedes acercarte más tarde a echar un vistazo. Es muy pequeña, pero tengo muchas piezas interesantes.
– Ya veré.
– ¿Estás segura de que estarás bien aquí sola?
– He estado muy bien sola durante mucho tiempo.
Loretta bajó la mirada.
– Sí, claro que sí. Normalmente llego a casa a las seis y media.
– Muy bien. Entonces, te veré esta tarde -replicó. Se dirigió al fregadero. Quería agua, limpia y fría.
– Van…
– ¿Sí?
– Sé que tengo que compensarte por muchos años -le dijo. Cuando Vanessa se dio la vuelta, vio que su madre estaba en el umbral de la puerta-. Espero que me des una oportunidad.
– Quiero hacerlo. No sé dónde debemos empezar ninguna de las dos.
– Yo tampoco -comentó Loretta, algo menos tensa-. Tal vez ése sea el modo de comenzar. Te quiero mucho. Me sentiré contenta si puedo hacerte creer que esas palabras son ciertas -añadió. Entonces, se dio la vuelta rápidamente y se marchó.
– Oh, mamá -susurró Vanessa a la casa vacía-.Yo no sé qué hacer.
– Señora Driscoll -dijo Brady mientras golpeaba suavemente la nudosa rodilla de la anciana de ochenta y tres años-.Tiene usted el corazón de una gimnasta de veinte.
La mujer se echó a reír, tal y como él había esperado.
– No es el corazón lo que me preocupa, Brady, si no los huesos. Me duelen que rabian.
– Tal vez si permitiera que uno de sus bisnietos le arrancara las malas hierbas de su huerto…
– Llevo sesenta años cuidando de mi terrenito…
