
– Y estoy seguro de que lo podrá seguir haciendo otros sesenta más -afirmó Brady mientras le quitaba el manguito de tomarle la tensión-. No hay nadie en este condado que críe mejores tomates, pero, si no se toma las cosas con un poco más de calma, los huesos le van a doler.
Brady le examinó las manos. Afortunadamente, los dedos aún no sufrían de artritis, pero la enfermedad ya estaba presente en hombros y rodillas. No había mucho que ella pudiera hacer para frenar su avance.
Completó el reconocimiento mientras escuchaba las historias que la anciana le contaba sobre su familia. La señora Driscoll había sido la profesora de Brady en segundo y ya entonces él había pensando que era la mujer más vieja sobre la faz de la tierra.
– Hace un par de días la vi saliendo de la oficina de correos, señora Driscoll -comentó él-. No llevaba bastón.
– Los bastones son para los viejos -bufó la anciana.
– Como médico, señora Driscoll, he de decirle que usted también es vieja.
La anciana se echó a reír y agitó una mano delante del rostro de Brady.
– Siempre has tenido la lengua muy afilada, Brady Tucker.
– Sí, pero ahora tengo una licenciatura en medicina que me avala -replicó él, tras ayudar a la anciana a bajar de la camilla-. Lo único que quiero es que utilice su bastón… aunque sólo sea para darle a John Hardesty una buena paliza cuando se ponga a ligar con usted.
– ¡Menudo vejestorio! -musitó ella-. Y yo también lo parecería si fuera cojeando con un bastón.
– ¿Acaso no es la vanidad uno de los siete pecados capitales?
– Si no es por un pecado capital, no merece la pena pecar. Ahora, sal de aquí, muchacho, para que me pueda vestir.
– Sí, señora.
Brady la dejó sola. Sabía que, por mucho que le dijera, jamás conseguiría que ella utilizara el maldito bastón. Era una de las pocas pacientes a las que no podía convencer ni intimidar.
Tras dos horas más de consulta, Brady utilizó la hora que tenía para almorzar para ir al Hospital del Condado de Washington para ver la evolución de dos pacientes.
