
Vanessa se armó de valor, como había hecho cientos de veces antes de salir a un escenario, y siguió andando hacia la casa, subió los escalones de madera y se colocó delante de su madre. Casi eran igual de altas. Aquello fue algo que las sobresaltó. Sus ojos, del mismo tono verdoso, se miraron fijamente.
Estaban de pie, a pocos centímetros de distancia, pero no se abrazaron.
– Te agradezco mucho que me hayas dejado venir -dijo Vanessa. Odiaba la tensión que notaba en su propia voz.
– Aquí siempre eres bienvenida -respondió Loretta, tras aclararse la garganta-. Sentí mucho lo de tu padre.
– Gracias. Me alegra ver que tienes buen aspecto.
– Yo… -susurró Loretta. ¿Qué podía decir que borrara la amargura de doce años perdidos?-. ¿Había… había mucho tráfico en la carretera?
– No, al menos después de salir de Washington. Ha sido un viaje muy agradable.
– A pesar de todo, debes de estar muy cansada. Entra y siéntate.
Cuando siguió a su madre al interior de la casa, Vanessa se dio cuenta de que su madre había cambiado la decoración. Las habitaciones eran mucho más luminosas de lo que recordaba. El imponente hogar de su niñez había sido acogedor, pero el formal y oscuro papel pintando se había visto reemplazado por colores pastel. Se había retirado la moqueta para dejar al descubierto suelos de madera de pino que se veían decorados por coloridas alfombras. Había antigüedades, muy bien restauradas, y se respiraba el aroma de las flores frescas. Comprendió que era el hogar de una mujer. De una mujer con recursos y buen gusto.
– Probablemente te gustaría subir para deshacer la maleta -dijo Loretta deteniéndose frente a las escaleras-. A menos que tengas hambre…
– No, no tengo hambre.
Loretta asintió levemente y comenzó a subir las escaleras.
– Pensé que te gustaría disponer de tu antiguo dormitorio, aunque lo he decorado un poco.
