
– Ya lo veo.
– Sigues teniendo la vista del jardín trasero.
– Estoy segura de que estará muy bien.
Loretta abrió una puerta y Vanessa la siguió hacia el interior de la habitación.
No había muñecas ni peluches. No había pósters, ni diplomas ni certificados colgados de las paredes. Había desaparecido la estrecha cama sobre la que ella había soñado de niña, al igual que el escritorio sobre el que ella tanto había sufrido al estudiar los verbos franceses y la geometría. Ya no era el dormitorio de una niña, sino el de un invitado.
Las paredes estaban pintadas de color marfil. De las ventanas colgaban unas hermosas cortinas de flores. Había una cama con dosel, cubierta con un edredón color pastel y mullidas almohadas. Sobre un elegante escritorio había un jarrón de cristal con unas fragantes frisias. El aroma de las flores secas fluía por la estancia desde la cómoda.
Loretta, que se sentía muy nerviosa, recorrió la habitación para estirar el edredón y retirar un poco de polvo imaginario de la cómoda.
– Espero que te sientas cómoda aquí. Si necesitas algo, sólo tienes que pedírmelo.
Vanessa se sintió como si se fuera a alojar en un elegante y exclusivo hotel.
– Es una habitación preciosa. Estaré bien, muchas gracias.
– Bien -dijo Loretta. Se había agarrado de nuevo las manos. Ansiaba tanto tocar, abrazar…-. ¿Te gustaría que te ayudara a deshacer la maleta?
– No -replicó Vanessa, tratando de esbozar una sonrisa-. Puedo hacerlo yo sola.
– Muy bien. El cuarto de baño está…
– Lo recuerdo.
Loretta no supo qué decir. Con un gesto de indefensión, empezó a mirar por la ventana.
– Por supuesto. Si deseas algo, estaré abajo -replicó. Entonces, se dejó llevar al fin por la necesidad y enmarcó el rostro de Vanessa con las manos-. Bienvenida a casa.
Con eso, se marchó rápidamente y cerró la puerta a sus espaldas.
