
Mientras se frotaba las sienes en un intento desesperado por frenar los inicios de un dolor de cabeza, Vanessa pensó que no podía ser tan sencillo. Las dos lo sabían. Le dio la espalda al piano y se dirigió a la cocina.
Encontró allí a Loretta, terminando de preparar una ensalada que había colocado sobre un delicado bol verde claro. A su madre siempre le habían gustado los objetos hermosos, frágiles y delicados. Eso se demostraba en los mantelillos de encaje, en el azucarero rosa, en la colección de objetos de cristal que tenía sobre una estantería. Había abierto la ventana y una fragante brisa de primavera hacía ondear las cortinas sobre el fregadero.
Cuando se dio la vuelta, Vanessa comprobó que tenía los ojos enrojecidos. A pesar de todo sonrió y habló con voz clara.
– Sé que me habías dicho que no tenías hambre, pero pensé que te apetecería tomar un poco de ensalada y un té helado.
– Gracias -respondió Vanessa, con una sonrisa-. La casa está preciosa. En cierto modo, parece mayor. Yo siempre había oído que las cosas encogían a medida que una iba creciendo.
Loretta apagó la radio. Vanessa lamentó el gesto, ya que significaba que dependían de ellas mismas para llenar el silencio.
– Antes había demasiados colores oscuros -le dijo Loretta-.Y demasiados muebles muy pesados. A veces, me sentía como si los muebles fueran a rebelarse contra mí y me fueran a echar de una habitación… No obstante, guardé algunas de las piezas, las que pertenecían a tu abuela. Están en el desván. Pensé que tal vez tú las quisieras.
– Tal vez algún día -replicó Vanessa, porque le resultó más fácil. Tomó asiento mientras su madre servía la colorida ensalada-. ¿Qué has hecho con el piano?
– Lo vendí -contestó Loretta mientras tomaba una jarra de té-. Hace años. Me parecía una estupidez guardarlo cuando no había nadie aquí para tocarlo.
Además, yo siempre lo había odiado… Lo siento -añadió, tras dejar la jarra de nuevo sobre la mesa.
