– No tienes que explicarte. Lo comprendo.

– No, no creo que lo comprendas. No creo que puedas -replicó Loretta, mirándola muy fijamente.

Vanessa no quería ahondar demasiado. Tomó el tenedor y guardó silencio.

– Espero que esa espineta te parezca bien. Yo no sé demasiado de instrumentos musicales.

– Es muy hermosa.

– El hombre que me la vendió me dijo que era la mejor. Sé que necesitas practicar, así que pensé… En cualquier caso, si no te parece bien, sólo tienes que…

– Está bien -concluyó Vanessa. Comieron en silencio hasta que ella consiguió recordar los buenos modales-. El pueblo parece el mismo -comentó, con voz alegre y cortés-. ¿Vive aún la señora Gaynor en la casa de la esquina?

– Oh, sí -dijo Loretta. Aliviada, empezó a charlar-. Ya casi tiene ochenta años, pero aún sigue saliendo a dar un paseo todos los días, llueva o haga sol, para ir a la oficina de correos para recoger sus cartas. Los Breckenridge se mudaron hace unos cinco años. Se fueron al sur. Una familia muy agradable compró su casa. Tienen tres hijos. El más pequeño acaba de empezar el colegio este mismo año. Es un diablillo. ¡Ah! ¿Te acuerdas de Rick, el niño de los Hawbaker? Tú solías cuidar de él.

– Recuerdo que me pagaban un dólar a la hora y que ese pequeño monstruo con aparatos en los dientes y tirachinas me volvía loca.

– Eso es -comentó Loretta, riendo. Vanessa comprendió que aquél era un sonido que no había olvidado a lo largo de todos aquellos años-. Ahora está en la universidad, con una beca.

– Me resulta difícil creerlo.

– Vino a verme cuando regresó a casa las últimas Navidades. Me preguntó por ti. Joanie sigue aquí.

– ¿Joanie Tucker?

– Ahora se llama Joanie Knight. Se casó hace tres años con el joven Jack Knight. Tienen un bebé precioso.

– Joanie -murmuró Vanessa. Joanie Tucker había sido su mejor amiga, su confidente, su apoyo y su soda-, tiene un hijo…



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