– Por supuesto, Martín, comprendo que no puedas estar orgulloso de un pintor fracasado.

Los ojos de Martín se llenaron de lágrimas.

Pero quedaban suspendidas en su gran rencor, como gotas de aceite en vinagre, sin mezclarse. Gritó:

– ¡No digas eso, papá!

Su padre lo miró conmovido, extrañado de su reacción.

Casi sin saber lo que decía, Martín gritó con encono:

– ¡Éste es un país asqueroso! ¡Aquí los únicos que triunfan son los sinvergüenzas!

Su padre lo miró callado, con fijeza. Después, negando con la cabeza, comentó:

– No, Martín, no creas.

Contempló el lápiz que tenía entre sus manos y después de un instante, terminó:

– Hay que ser justos. Yo soy un pobre diablo y un fracasado en toda regla y con toda justicia: no tengo ni talento, ni fuerza. Ésa es la verdad.

Martín empezó a retraerse de nuevo hacia su isla. Estaba avergonzado del patetismo de aquella escena y la resignación de su padre empezaba a endurecerlo nuevamente.

El silencio se volvió tan intenso y molesto que su padre se incorporó para irse. Probablemente había comprendido que la decisión era irrevocable y, además, que aquel abismo entre ellos era demasiado grande y definitivamente insalvable. Se acercó hasta Martín y con su mano derecha le apretó un brazo: habría querido abrazarlo, pero, ¿cómo podía hacerlo?

– Y bien… -murmuró.

¿Habría dicho algo cariñoso Martín de saber que aquéllas eran realmente las últimas palabras que oiría de su padre?

¿Sería uno tan duro con los seres humanos -decía Bruno- si se supiese de verdad que algún día se han de morir y que nada de lo que se les dijo se podrá ya rectificar?

Vio cómo su padre se daba vuelta y se alejaba hacia la escalera. Y también vio cómo, antes de desaparecer, volvió su cara, con una mirada que años después de su muerte, Martín recordaría desesperadamente.



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