– Tenéis veintiún años. Sois unos críos.

– No es verdad -dijo Stephen-, pero tú no dejas de decirlo.

– Tal vez mi actitud tenga algo que ver con vuestros actos.

– O tal vez se trate de ti -le contestó Stephen-. Nunca has confiado en nosotros. Nunca nos has dado una oportunidad de demostrar lo que podíamos hacer solos.

Finn quería soltar un puñetazo contra una pared.

– Quizá porque sabía que haríais algo así. ¿En qué estabais pensando?

– Tenemos que tomar nuestras propias decisiones -dijo Stephen testarudamente.

– No, cuando son así de malas.

Finn notaba cómo se le escapaba el control de la conversación, y la sensación fue a peor cuando los gemelos intercambiaron una mirada, la misma mirada que decía que se estaban comunicando en silencio, de un modo que él jamás entendería.

– No puedes hacemos volver -dijo Stephen en voz baja-. Nos quedamos. Vamos a salir en el programa.

– ¿Y después qué? -preguntó Finn.

– Yo me iré a Hollywood para trabajar en la televisión y en el cine -dijo Sasha.

Eso no era nuevo. Sasha llevaba años soñando con la fama.

– ¿Y tú? -le preguntó a Stephen-. ¿Quieres ser modelo publicitario?

– No.

– Pues entonces, vuelve a casa.

– No vamos a volver a casa -le contestó Stephen, sonando extrañamente decidido y maduro-. Déjalo ya, Finn. Hemos hecho todo lo que querías y ya estamos preparados para continuar solos.

Pero no era así y eso mataba a Finn. Eran demasiado jóvenes. Si no estaba cerca, ¿cómo podría mantenerlos a salvo? Haría lo que fuera para protegerlos. Por un momento se le pasó por la cabeza emplear la fuerza física para que lo obedecieran, pero ¿qué? No podría mantenerlos atados todo el viaje de vuelta. La idea de secuestrarlos no era nada agradable, y sospechaba que lo acusarían de delito mayor en cuanto cruzara la frontera del estado.

Además, llevarlos de vuelta a Alaska no serviría de nada si no querían quedarse allí ni terminar los estudios.



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