
Parecía que ese hombre prefiriera arrancarle la cabeza antes que ser educado, pero después de respirar profundamente dos veces, le estrechó la mano y murmuró:
– Finn Andersson.
– Encantada de conocerle, señor Andersson.
– Finn.
– Finn -repitió ella, mostrándose un poco más animada que de costumbre, aunque solo para molestar un poco a ese hombre-. ¿En qué puedo ayudarte?
– Quiero sacar a mis hermanos del programa.
– Por consiguiente, las amenazas.
– ¿Por consiguiente? ¿Quién utiliza esa expresión?
– Es una expresión perfectamente buena y normal.
– No de donde yo vengo.
Ella miró las desgastadas botas que llevaba y volvió a centrarse en su camisa.
– Casi me da miedo preguntar dónde es eso.
– South Salmon, Alaska.
– Pues estás muy lejos de casa.
– Peor, estoy en California.
– ¡Ey! He nacido aquí y te agradecería que fueras más educado.
Él se rascó la nariz.
– Bien. Como quieras. Tú ganas. ¿Puedes ayudarme con mis hermanos o no?
– Depende. ¿Cuál es el problema?
Ella le indicó que tomara asiento y él vaciló un segundo antes de sentar su largo cuerpo.
– Están aquí -dijo finalmente, como si eso lo explicara todo.
– ¿Aquí en lugar de en South Salmon?
– Aquí en lugar de estar terminando su último semestre en la facultad. Son gemelos. Van a la Universidad de Alaska.
– Pero si están en el programa, entonces son mayores de dieciocho -respondió ella con voz suave, sintiendo el dolor de ese hombre, pero sabiendo que había poco que pudiera hacer.
– ¿Eso significa que no tengo autoridad legal? -preguntó él con resignación y amargura-. ¡Como si no lo supiera! -se inclinó hacia delante y la miró fijamente-. Necesito tu ayuda. Como he dicho, les queda un semestre para graduarse y se han marchado para venir aquí.
