
Dakota había crecido en Fool’s Gold y había elegido regresar después de terminar sus estudios, así que no entendía por qué alguien no querría vivir en un pueblo. Sin embargo, suponía que Finn estaba mucho más preocupado por el futuro de sus hermanos que por dónde se ubicaran.
Él se levantó.
– Pero, ¿qué hago hablando contigo? Eres una de ésas de Hollywood. Seguro que estás contenta de que lo hayan dejado todo para estar en tu estúpido programa.
Ella también se levantó y sacudió la cabeza.
– En primer lugar, no es «mi» estúpido programa. Yo estoy con el pueblo, no con el equipo de producción. En segundo lugar, si me das un momento para pensar en lugar de enfadarte, puede que se me ocurra algo para ayudarte. Si eres así con tus hermanos, no me sorprende que hayan querido recorrer miles de kilómetros para alejarse de ti.
Dado lo poco que sabía sobre Finn, se esperaba que le gritara y se largara. Por el contrario, la sorprendió sonriendo.
La curva de sus labios y el brillo de sus dientes no eran algo especialmente único, pero le produjo un cosquilleo en el estómago de todos modos. Sintió como si se le hubiera escapado todo el aire de los pulmones y no pudiera respirar. Unos segundos después, logró reponerse y se dijo que había sido un problema momentáneo de su radar emocional. Nada más que una anomalía.
– Eso dijeron -admitió él volviendo a su asiento con un suspiro-. Que se habían esperado que yéndose a la universidad podrían irse mucho más lejos, pero no fue así -la sonrisa se desvaneció-. ¡Maldita sea! Esto es muy duro.
Ella se sentó y apoyó las manos en la mesa.
– ¿Qué dicen tus padres de todo esto?
– Yo soy los padres.
– Ah -exclamó ella, desconociendo qué tragedia podría haber provocado esa situación. Diría que Finn tenía unos treinta años, treinta y dos tal vez-. ¿Cuánto tiempo hace…?
– Ocho años.
– ¿Has estado criando a tus hermanos desde que tenían…? ¿Cuántos? ¿Doce?
