
Por lo que Dakota sabía, a Geoff lo único que le importaba era conseguir buenas audiencias, y el hecho de que el pueblo no quisiera que rodaran allí el programa no le había molestado lo más mínimo. Al final, la alcaldesa había cooperado con la condición de que alguno de sus empleados estuviera presente en todo momento para velar por los intereses de los buenos ciudadanos de Fool’s Gold.
Para Dakota todo eso tenía sentido, aunque aún no sabía por qué le habían dado ese trabajo a ella. No era especialista en relaciones públicas, ni siquiera funcionaría del Ayuntamiento. Era una psicóloga especializada en desarrollo infantil. Por desgracia, su jefe había ofrecido sus servicios e incluso había accedido a pagarle su sueldo mientras trabajaba con la productora. Ahora, por todo ello, Dakota seguía sin dirigirle la palabra.
Habría rechazado el trabajo de no ser porque la alcaldesa Marsha se lo había suplicado. Dakota había crecido allí y sabía que, cuando la alcaldesa necesitaba un favor, los buenos ciudadanos accedían. Hasta que había aparecido la productora, Dakota habría jurado que con mucho gusto haría lo que fuera por su pueblo y, de todos modos, como le había dicho a Finn hacía unas horas, solo serían diez semanas. Podría sobrevivir a casi todo durante ese tiempo.
– ¿Se han elegido ya a los concursantes? -preguntó Marsha.
– Sí, pero van a mantenerlo en secreto hasta el gran anuncio.
– ¿Alguien de quién tengamos que preocupamos?
– No lo creo. He mirado los archivos y todo el mundo parece bastante normal -pensó en Finn-. Aunque sí que tenemos a un familiar que no está nada contento -le explicó lo de los gemelos de veintiún años-. Si en persona son la mitad de guapos de lo que son en las fotos, estarán en el programa.
– ¿Crees que su hermano dará problemas?
– No. Si los chicos todavía fueran menores, me preocuparía, pero lo único que puede hacer es preocuparse y amenazarlos.
