
– Eso no lo sabes.
Dakota parecía querer seguir discutiendo el tema. Era cierto que lo que decía tenía sentido, pero de ningún modo podría hacerle cambiar de opinión. Pasara lo que pasara, sacaría a sus hermanos de Fool’s Gold y los metería de nuevo en la facultad, que era donde tenían que estar.
– Gracias por tu tiempo -repitió.
– De nada. Espero que los tres podáis llegar a un acuerdo. Y… por favor, recuerda que tenemos un servicio de policía muy eficiente aquí en el pueblo. A la jefa Barns no le cae bien la gente que quebranta la ley.
– Gracias por la advertencia.
Finn salió del pequeño tráiler. El rodaje o la grabación, o como fuera que lo llamaban, empezaría en dos días, lo cual le daba menos de cuarenta y ocho horas para trazar un plan, bien para convencer a sus hermanos de que volvieran a Alaska, o bien para obligarlos físicamente a hacer lo que él quería.
– Te lo debo -dijo Marsha Tilson mientras almorzaba.
Dakota agarró una patata frita.
– Sí. Soy una profesional altamente cualificada.
– ¿Y Geoff no lo valora? -le preguntó Marsha, la alcaldesa, una mujer que pasaba de los sesenta años y que tenía unos chispeantes ojos azules.
– No. Aunque tengo un doctorado y debería obligarlo a llamarme «doctora».
– Por lo que sé de Geoff, no creo que eso fuera a servir de algo.
Dakota mordió la patata. Odiaba admitirlo, pero la alcaldesa Marsha tenía razón. Geoff era el productor del reality show que había invadido la ciudad, Amor verdadero o Fool’s Gold. Después de seleccionar a veinte personas y emparejarlas al azar, éstas celebrarían unas románticas citas que serían grabadas, editadas y después emitidas por televisión con una semana de retraso.
El país votaría para eliminar a la pareja que tuviera menos probabilidades de establecer una relación.
Al final, la última pareja que quedara recibiría doscientos cincuenta mil dólares y una boda gratis, si de verdad estaban enamorados.
