– ¿Y tú no te convertiste en su presa, al igual que tu amigo?

– Yo no encajaba. -Darcy miró a su primo con aire de superioridad.

– Me lo imagino. -Fitzwilliam se rió de su ironía, sacudiendo la cabeza-. Tu amigo debía de estar embrujado. Estaba «perdidamente enamorado», ¿no es así?

– Así es. -Darcy secundó aquella opinión, pero luego se concentró en el paisaje que atravesaban. Fitzwilliam era demasiado perceptivo. Por eso no le convenía dejarle hacer muchas conjeturas-. Pero creo que ya está en proceso de curarse de semejante hechizo.

– Con tu ayuda, claro.

– Sí -respondió Darcy bruscamente, mirando a su primo a los ojos-. Con mi ayuda. Estoy muy satisfecho por haberlo logrado. Habría sido una unión desastrosa. La familia de la novia lo habría convertido en el hazmerreír de la alta sociedad.

Fitzwilliam respiró profundamente.

– Así que un hazmerreír. Espero que tu amigo aprecie el favor que le has hecho. Te debe la vida o, al menos, la cordura. Bien hecho, Fitz -concluyó Richard con sinceridad y volvió a agarrar el Post.

¿Bien hecho? ¿De verdad? Darcy frunció el ceño. No podía evitar una cierta contradicción entre sus pensamientos y emociones. Lo que le había dicho a Fitzwilliam era cierto. Todavía estaba convencido de que la señorita Bennet no experimentaba por Bingley la más tierna de las emociones. ¿Acaso no la había observado con detenimiento hasta llegar justamente a esa conclusión? Aunque debía admitir que ella no tenía el aspecto de ser una cazafortunas. No, eso también podía jurarlo. Con franqueza, la señorita Bennet era un enigma. ¿Un enigma que Bingley había logrado descifrar, mientras que él no? ¡Bingley estaba seguro de que ella lo amaba! Darcy cruzó los brazos sobre el pecho y miró a través de la ventanilla del coche hacia las colinas y los campos que estaban comenzando a verdear.



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