
– Ah -respondió Fitzwilliam con consternación-, ése sí que es un problema. -Hizo una pausa y miró por la ventana, mientras el coche se sacudía a causa de un bache en el camino, y luego volvió a mirar a Darcy con una chispa de picardía en los ojos-. Pero dime, viejo amigo, ¿era bonita?
Darcy miró a su primo de reojo.
– ¡Bonita! Richard, ¿es lo único en que se te ocurre pensar? -Fitzwilliam lo miró con malicia y se encogió de hombros-. Sí -replicó Darcy con tono de exasperación-, si quieres saberlo, era una criatura favorecida por la naturaleza y de temperamento dulce, además. Pero juro que ella no lo quiere, al menos no tanto como él pensaba. -Darcy se quitó los guantes y los alisó, antes de dar el golpe de gracia-. Siendo así, el inconveniente mayor era su familia, por no mencionar su escasa fortuna.
– Seguramente un hombre puede soportar a la familia de lejos, siempre y cuando la dama sea agradable y la fortuna no sea un impedimento.
– Tal vez se podría pasar por alto -coincidió Darcy de manera vacilante-, si hubiese una prueba de que la dama siente inclinación por el caballero. Pero ése no es el caso. Te aseguro que se necesitaría una prueba mucho mayor de la que aparentaba para suavizar los inconvenientes que representaría establecer una relación con esa familia.
– Lo presentas como si fuera un verdadero horror -señaló Fitzwilliam riéndose.
– Una familia con ingresos reducidos, con un montón de hijas solteras a las que se les permitía la libertad de deambular por el campo y terriblemente impertinentes. -Darcy comenzó a enumerar los puntos de una lista con la que estaba bastante familiarizado-. Un padre que no se digna educar a su familia y una madre que, cada vez que ve un nuevo par de pantalones en el vecindario, piensa que está destinado a alguna de sus hijas.
