– Por Dios, Richard, no…

– ¡Saludos, buen hombre! -gritó Fitzwilliam desde la ventanilla cuando pasaron a su lado, y luego volvió a sentarse, soltando una carcajada-. ¿Será el nuevo clérigo de nuestra tía, el que vino a reemplazar al viejo Satherthwaite?

– El señor Collins -informó Darcy a su primo con los dientes apretados. ¿Cómo podía haber olvidado que aquel fastidioso hombrecillo, que gracias al mérito de su ropa de clérigo se había portado de manera tan desagradablemente familiar durante el baile de Bingley, estaría allí?

– ¿Collins? ¿Acaso lo conoces? -preguntó Fitzwilliam con sorpresa.

Darcy asintió.

– Lo conocí en Hertfordshire el otoño pasado, cuando acompañé a Bingley en su desafortunada excursión en busca de una buena propiedad. Collins es pariente de uno de los vecinos.

– ¿Y qué tal es? ¿Tan bueno para hacer reverencias y genuflexiones como el viejo Satherthwaite? ¡Por Dios, qué hombre tan adulador! Pero todavía me da escalofríos al pensar en la forma en que tía Catherine se inmiscuía en sus asuntos.

– Sospecho que nuestra tía siempre va a buscar lo mismo en todos los párrocos cuya manutención dependa de ella, aunque no sabría decir si éste es igual o peor que Satherthwaite. Pero sí estoy seguro de una cosa -añadió Darcy, torciendo la boca con sarcasmo-: Sospecho que, debajo de esa levita de clérigo, el señor Collins es una especie de gallito pendenciero. -Hizo una pausa para disfrutar de la incredulidad de Fitzwilliam-. Él se me acercó y se presentó por su cuenta en el baile de Bingley.

– ¿Se presentó a sí mismo? -Fitzwilliam se sintió todavía más asombrado-. ¡Caramba, qué hombre más impertinente! ¡No creo que a nuestra tía le gustara enterarse de eso! Supongo que cuando lo conozca me saludará por mi nombre de pila.



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