
– Darcy… Fitzwilliam. ¡Por fin habéis llegado! -El tono de irritación en la voz penetrante de su tía era inconfundible. Sin duda los estaba esperando desde hacía horas. Darcy miró a su primo con cara de reproche y le hizo una seña para saber quién iba a asumir la culpa por el retraso. Fitzwilliam suspiró; luego los dos avanzaron hacia el salón y se inclinaron ante la dama, que estaba majestuosamente sentada en un lugar que le daba pleno dominio sobre todo lo que la rodeaba.
– Su señoría. -Darcy hizo una reverencia y besó la mano que su tía le tendió. Fitzwilliam hizo lo mismo un instante después.
Lady Catherine frunció el ceño mientras inspeccionaba a sus dos sobrinos de arriba abajo.
– ¡Ninguno de los dos está vestido de manera apropiada! El atuendo correcto para hacer una visita es pantalones a la rodilla y medias, señores. No me cabe la menor duda de que esta falta es culpa de Fitzwilliam.
Richard le lanzó una mirada asesina a su primo, antes de comenzar a disculparse.
– Su señoría, fue idea de D…
– Venid -lo interrumpió lady Catherine-, saludad a vuestra prima. -Los dos hombres se giraron obedientemente hacia la pálida criatura que estaba sentada en el diván, a la derecha de lady Catherine, e hicieron una reverencia. La delgada figura de Anne de Bourgh estaba totalmente oculta por una buena cantidad de chales que pensaban que eran imprescindibles para proteger su salud de cualquier inclemencia. En la mayor parte de las jovencitas aquella cantidad exagerada de ropa habría provocado un sofoco, pero la cara macilenta de Anne era un testimonio mudo de su continua fragilidad.
