
– ¿Has visto algo? -preguntó Fitzwilliam.
– Nada… supongo que era una criada que va camino de la aldea. -Darcy se encogió de hombros y luego añadió con una sonrisa burlona-: Y no, no sé si era bonita.
– ¡Darcy, ya sabes que yo no jugueteo con las criadas! -exclamó Fitzwilliam, mirándolo con aire de haberse ofendido-. Mi padre me habría clavado a la puerta del establo si alguna vez lo hubiese hecho y todavía es perfectamente capaz de hacerlo. -Fitzwilliam no pudo evitar un estremecimiento mientras seguía dando vueltas a aquella idea-. ¡Y mi madre también! ¡Ella le habría alcanzado las puntas! -Cuanto más acaloradas se volvían las protestas de Richard, más amplia se hacía la sonrisa de Darcy, hasta que finalmente se dio cuenta de que su primo sólo lo estaba molestando, se detuvo en seco y lo fulminó con la mirada, antes de soltar ambos una carcajada.
Cuando James dirigió el carruaje a la entrada de Rosings, los dos primos se habían transformado una vez más en los serios caballeros que su tía esperaba. Y ciertamente los estaba esperando. Una corte de criados formaba una línea desde la escalera hasta la puerta, preparados para descargar el coche y conducir a los visitantes hasta la presencia de su señoría.
– Allá vamos. -Fitzwilliam le dio un último tirón a su chaleco y revisó la línea de sus pantalones-. Si ella protesta porque no traemos pantalones por la rodilla, te echaré la culpa eternamente -le aseguró a Darcy, mientras el vehículo se detenía y la portezuela se abría de inmediato.
