No, él había estado más interesado en su propia tranquilidad, después de regresar de su desafortunado viaje a Oxfordshire en busca de la mujer que podría convertirse en su esposa. Los acontecimientos que habían tenido lugar en el castillo de Norwycke habían sido tan desagradables y lo habían dejado tan angustiado que, tras regresar a Londres, había jurado no volver a involucrarse en ninguna aventura en cuestiones matrimoniales, en un futuro próximo. Por ello, se había sumergido en los asuntos familiares y en sus negocios, así como en las actividades sociales más agradables de los hombres solteros de su posición. El primero de esos asuntos familiares había sido la desagradable tarea de informar a su primo D'Arcy del comportamiento de su prometida, lady Felicia Lowden, en Norwycke. D'Arcy se había puesto rojo de furia, pero había que reconocer que, para alivio de Darcy, no se había desquitado con el mensajero portador de las malas noticias. Al contrario, había atribuido la responsabilidad a quien correspondía y enseguida había consultado a su padre, lord Matlock, cómo se podía deshacer el compromiso. Dos semanas después apareció una nota en el Post que informaba que lady Felicia «lamentablemente» había ejercido su prerrogativa. Desde luego el chismorreo fue intolerable, pero era preferible soportar los cotilleos ahora que el escándalo inevitable después. Las familias Darcy y Fitzwilliam respiraron con alivio, mientras que la rama De Bourgh se contentó con una larga carta en la que expresaban su satisfacción, confirmando las dudas que habían tenido desde el principio, pero que no habían expresado, sobre la conveniencia de aquella relación.

Georgiana, su querida hermana, había evitado presionarlo para que le contara detalles de su estancia en la propiedad de lord Sayre. Se había propuesto hacerlo sentir muy cómodo en casa y, con la ayuda de Brougham, que reanudara sus actividades sociales cotidianas. A las dos semanas de haber regresado, Darcy la acompañaba a conciertos, recitales y exposiciones de arte, mientras que Dy lo había arrastrado al salón Jackson, el establecimiento de su maestro de esgrima, a varias reuniones y, unas cuantas noches antes, a un combate de boxeo bastante ilegal en el que se hacían apuestas.



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