Aparte de nosotros dos, nunca había visto que Georgiana se sintiera cómoda en compañía de otros hombres, especialmente desde… -Richard apretó los labios de repente y, tras de un extraño lapso de silencio, continuó-: Pero tu amigo lo ha logrado y lo ha hecho bastante bien… -Richard dejó la frase inconclusa, cuando vio la expresión que asomaba al rostro de Darcy-. ¿De verdad no lo habías notado?

– ¡No hay nada incorrecto en ello, Richard! Nada que se pueda considerar como un interés particular de Brougham por Georgiana -replicó Darcy con irritación, asegurándole a su primo, y a él mismo, que las insinuaciones que podían desprenderse de las observaciones de Fitzwilliam eran totalmente absurdas-. Y por parte de Georgiana tampoco hay un afecto que supere el cariño normal que se siente por un amigo de la familia.

– ¡Claro que no hay «nada incorrecto», Fitz! ¡Por Dios! -Fitzwilliam hizo una retirada estratégica y se volvió a concentrar en el Post. Darcy suspiró y cerró los ojos. Los últimos dos meses no habían sido la mejor época de su vida, y sus propias preocupaciones podrían haberle hecho pasar por alto lo que su primo estaba señalando. ¡Pero seguramente Fitzwilliam le estaba dando demasiada importancia a cosas insignificantes! Dy había sido muy amable con Georgiana, eso no podía negarlo. Más que amable, en realidad, pues había guardado silencio sobre el desmesurado interés de Georgiana por las descargas teológicas de Wilberforce, cuyos textos la había sorprendido estudiando el día que se habían reencontrado, cuando ella, por desgracia, dejó caer el libro a sus pies. Pero su actitud sólo era una muestra de amistad hacia él y la consecuencia de su irresistible forma de ser y sus amables maneras. Si Georgiana hubiese permanecido inmune a la encantadora personalidad de Dy, Darcy tendría más razones para preocuparse.



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