– Darcy, ¿qué es eso que siempre estás acariciando?

– ¿Qué? -Darcy tuvo que volver bruscamente a la realidad para fijarse en lo que sucedía en el interior del carruaje.

Fitzwilliam había dejado el periódico a un lado y ahora señalaba la mano de Darcy.

– Ahí, en el bolsillo del chaleco. ¡Y no me digas que no es nada! Te he visto jugueteando con eso todo el tiempo durante varios meses y me está volviendo loco.

– ¿Esto? -Darcy podía sentir el calor de su cara enrojecida mientras sacaba del bolsillo los hilos de bordar, que ya estaban gastados y se habían vuelto frágiles de tanto acariciarlos. ¡Maldito Richard! ¿Cómo le iba a explicar aquello?

– ¿Ahora te gusta bordar? -bromeó Fitzwilliam, cuando vio la trenza de hilos de colores. Darcy le dirigió una mirada furibunda y volvió a guardársela en el chaleco-. ¡Vamos, Darcy! Seguro que es el recuerdo de una dama y tienes que contarme los detalles ahora mismo. -Se frotó las manos con vigor-. Porque este inquisidor no descansará hasta que confieses todo. ¿Pido las empulgueras?

– ¡Eres un pillo!

– Para ti, soy el excelentísimo padre inquisidor -replicó riéndose Fitzwilliam, pero no se dejó distraer. Enseguida se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y dijo-: Desde el principio, vamos.

Darcy le lanzó una mirada como para congelarle la sangre en las venas. Pero, inmune a esa estrategia que ya conocía, Richard se puso serio, lo miró con severidad y completó su gesto interrogante enarcando una ceja.

– Desde el principio -repitió con una voz aterradora que recordaba la de un temible inquisidor-. ¡Rápido o empezaré a pensar que se trata de algo serio!

Darcy se puso todavía más colorado y durante un instante sintió algo parecido al pánico. ¿Algo serio? La imagen de los encantadores rizos recogidos con una cinta adornada con rosas diminutas y el recuerdo del placer de sentir la mano enguantada de Elizabeth entre las suyas se fundieron durante un segundo y lo hicieron moverse inquieto en el asiento.



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