
– ¡Triunfo absoluto! -aulló Fitzwilliam, recostándose en el asiento-. Por fin te he puesto en una situación que te ha hecho ruborizar y te ha dejado sin palabras. ¿Quién es esa dama tan especial? -La acertada deducción de Richard arrastró a Darcy a las tormentosas aguas de la negación, pero el prematuro aire triunfalista de su primo le sirvió para salir de la confusión y encontrar al mismo tiempo una estrategia para eludir la verdad.
– Estás muy equivocado si crees que esto es el símbolo del favor de una dama. -Darcy imprimió a su voz el tono más desinteresado que pudo. Al menos esa parte era verdad, y el hecho de decirlo lo ayudó a calmarse. Haber podido ejercer aquella pequeña dosis de control contribuyó a alejar los fantasmas-. Si me sonrojé fue por la vergüenza que me produjo recordar la indiscreción de un amigo, cuya imprudencia requirió que yo me involucrara en un asunto muy delicado: un rescate o una interferencia, como quieras llamarlo, antes de que él cometiera un grave error de juicio.
La expresión del rostro de Fitzwilliam mostraba que no iba a quedar satisfecho con esa explicación tan vaga.
– ¿Un error de juicio? Pero -insistió- hubo una dama involucrada, ¿no es así?
– Sí, hubo una dama involucrada. -Darcy suspiró. Era imposible disuadir a Richard si notaba que había una dama en el fondo del asunto. Tendría que darle más detalles-. Mi amigo estuvo a punto de ponerse en una situación de tener que proponerle matrimonio a una joven que tiene una posición y una familia totalmente inapropiadas.
