La mirada de Cassandra se demoró durante unos segundos en la piel desfigurada, luego se movió hacia abajo, sobre sus ropas hasta las botas, y él apenas pudo reprimir un gemido. Malditos infiernos, ¿cuántas veces había soñado con esta escena? Que llegara a su posada o que se encontraran por casualidad en algún sitio. ¿Cientos? Más bien miles. Pero en todas aquellas fantasías había estado limpio, bien vestido y cordial, no sucio, oliendo a sudor y a caballo, y avergonzado.

Con los puños apretados, aguantó el breve escrutinio y se recordó que no tenía importancia cómo iba vestido ni cómo olía. Él era lo que era, lo que siempre había sido, un plebeyo, un hombre de la clase trabajadora.

Cuando sus ojos volvieron a encontrarse, mintió.

– Estoy bien. ¿Y usted?

– Yo… me las arreglo -Una mano enguantada señaló el vestido negro y el labio inferior tembló-. Westmore murió. Hace dos meses.

Que Dios le ayudara, había querido odiar a Westmore, y supuso que en cierta forma lo había hecho, odió su cara perfecta y hermosa, el título y la riqueza que le permitieron tener algo que Ethan había deseado y amado sobre todas las cosas.

Cassie.

¿Pero cómo podría odiar al hombre que le había dado a ella todo lo que merecía? Elegantes fiestas y maravillosos vestidos. Un título, riqueza, y un puesto en la sociedad. Una vida confortable y feliz. Se veía bien claro que Cassandra lamentaba profundamente su pérdida, y por eso, él también lo lamentaba.

– Por favor, acepte mis condolencias.

Ella asintió con brevedad y luego dijo:

– Voy a Land’s End, a Gateshead Manor.

– ¿Para una visita o a quedarse?

Cassie vaciló.

– A quedarme -dijo por fin.

Un músculo de la mandíbula de Ethan se estremeció. Ella estaría sólo a dos horas de distancia.

Que Dios le ayudara.



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